1971: Hair

Nombre del espectáculo: HAIR
Fecha de estreno: 8 Mayo 1971

REPARTO
Ricardo Acosta
Julio Alfil
Carlos Ávalos
Chango Bongó
Mirta Busnelli
Cristina Bustamante
Jorge Bustamante
Juan Carlos Pasquali
Raúl Casineiro
Mayco Castro Volpe
Jorge Costa
Brunilda Da Luz
Héctor Da Rosa
Marcela De Laferrere
Susana Debert
Luciano Delfino
María José Demare
Regina Dos Santos
Carolina Fasulo
Martha Fendrik
Raúl Fernández
Hernán Ferreira
Susan Ferrer
Horacio Fontova
Miryam Freites
Ramón Galbán
Luis García
Ricardo Gómez
Oscar Jarón
Kim Karam
Daniel Laufer
Adrián Lobato
María Lúa
Valeria Lynch
Sergio Makaroff
Roberto Martinez
Maggie Migliore
Susana Migliore De Vega
Rolando Morris Robinson
Julio Ocampo
Juan Carlos Occhipinti
Jorge Oscar González
Ricardo Pald
Ruben Rada
Luis Ramón Galván
Ruth Reisin
Mabel Ríos De Correa
Alicia Rosendorn
Mara Suárez
Rolo Suárez
Franca Tosato
Luis Vacantes
Roberto Valencia
Teddy Vega
Emilio Vigo
Pot Zenda

Autores: James Rado, Gerome Ragni
Adaptación: Agustín Cuzzani, Roberto Villanueva
Traducción: Agustín Cuzzani, Roberto Villanueva
Escenografía: Robin Wagner
Iluminación: Juan Carlos Suárez, Mario Contreras
Recreación de Vestuario en Argentina: Eduardo Lerchundi
Música: Gal Mac Dermot
Sonido: Eduardo Bianco, Eduardo Purnik
Asistencia de dirección: Juan David Elicetche
Producción ejecutiva: Richard Osorio
Producción: Michael Butler, Alejandro Romay, Daniel Tinayre
Dirección de Producción: Laura Virgilio
Coreografía: Jerry Combs
Reposición Coreográfica: Marilú Marini

DIRECTORES
Puesta en escena: Fred Reinglass
Dirección musical: Steve Gilette
Dirección De Orquesta: Carlos Miguel Cutaia
Dirección general: Fred Reinglass

SALA
Teatro Argentino
Bartolomé Mitre 1448

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FIGURINES

1. Varios

48.3 x 62.45 cm
19.01 x 24.29 in

 

2. Jeanie

48.3 x 61.7 cm
19.01 x 24.29 in

 

3. Padres, Policía y otros

48.3 x 62.4 cm
19.01 x 24.29 in

 

4. Sheila

24.7 x 13.5 cm

9.72 x 5.31 in

 

5. Claude

29.2 x 12.2 cm
11.49 x 4.8 in

 

6. Claude

15.3 x 14 cm
6.02 x 5.51 in

 

7. Woof

22.4 x 12.5 cm
8.81 x 4.92 in

 

8. Woof

24 x 13.2 cm
9.44 x 5.19 in

 

9. Hud

47.5 x 25.4 cm
18.70 x 10 in

 

10. Sheila 

29.2 x 9.7 cm
11.49 x 3.81 in

 

11. Claude

17.5 x 14 cm
6.88 x 5.51 in

 

12. Woof 

21.8 x 11.7 cm
8.58 x 4.60 in

 

13. Woof

24 x 12.5 cm
9.44 x 4.92 in

 

14. Director
Calidad: Boceto

Medidas:
33.7 x 22.2 cm
12.87 x 8.93 in

 

 

ENSAYOS

Rubén Rada con la camiseta de peñarol. Sergio Makaroff en remera corta cruzado de brazos.

 

EN ESCENA

 

 

 

 

 

 

 

CONTRATO

 

 

 

PRENSA
Revista Panorama
30 Septiembre 1969

Sobre hippies (y otras yerbas)

TEATRO
ARRIBA EL TELÓN, ABAJO LA ROPA

Buenos Aires va a soltarse el pelo en 1970, aunque nadie sabe todavía si, al mismo tiempo, se atreverá a quitarse la ropa. En esta fábula, donde lady Godiva es una ópera que nació en el Central Park de Nueva York, hay unos treinta empresarios que espían por la ventana. Desde hace por lo menos dos meses comenzó una puja por obtener los derechos de «Pelo» que todavía no ha cesado. Los tres candidatos con posibilidad de triunfar son Francisco Gallo (teatro Astral), Carlos A. Petit (El Nacional y Cómico) y Alejandro Romay (Canal 9). Han apostado hasta diez mil dólares por un éxito seguro, pero la cifra —la más alta que se haya ofrecido en América latina— podría crecer antes de fin de año. Los antecedentes están muy lejos de esos diez mil dólares: se habían pagado 1.500 por «La muerte de un viajante», 4 mil por «El violinista en el tejado» y 7.500 por «Zorba el griego», una comedia musical basada sobre la novela de Niko Kazantzakis, todavía sin estrenar en Buenos Aires.

La fama de «Pelo» («Hair», un título que alude a las melenas hippies) justifica esas batallas. Desde 1967, es una especie de santo y seña para los públicos marginales de París, Nueva York, Londres y Estocolmo e inagotable cuerno de la abundancia para los empresarios que se arriesgaron a montarla.
Todo empezó en el otoño de 1966. Dos mil hippies desfilaban por Central Park en son de protesta contra la guerra de Vietnam y el servicio militar obligatorio. En mitad de la ceremonia, los manifestantes arrojaron sus libretas de enrolamiento a una fogata y danzaron alrededor de las llamas. La policía trató de intervenir. Se contuvo, pudorosa, cuando 700 jóvenes (200 eran mujeres) se quitaron toda la ropa y afrontaron el viento de la tarde silenciosamente.

Jerome Ragny y James Rado, dos escritores experimentales, compusieron un largo poema sobre aquella misa hippie y se lo leyeron a Nat Schapiro, un crítico de jazz. Schapiro derivó los originales hacia Zolt MacDermot (el compositor de «África Waltz») para que destilara litros de música sobre ellos. A la semana, los habitantes del Greenwich Village se sorprendieron silbando la melodía por las calles.
La trasformación del poema en comedia musical fue un movimiento casi espontáneo: se representó por primera vez en enero de 1967 en un teatro del off Broadway, como parte del Shakespeare Festival Ballet. Fue allí donde lo vieron el coreógrafo y empresario Bertrand Castelli y su amigo Michael Butler, un millonario devoto del polo. Ambos resolvieron que el espectáculo era precario y desmañado, pero que con algunos arreglos podría saltar a las grandes salas. Castelli sugirió alargar el idilio central, sustituir a los actores viejos por adolescentes e imponer una puesta suelta, librada a la improvisación de los actores. El montaje definitivo se confió a Tom O’Horgan, un adalid del Anti-Teatro que se había vuelto célebre como animador del café «La Mamma», en el Village.

El 12 de marzo de 1967, «Hair» irrumpió por fin en el Biltmore Theatre y produjo un disloque en el tránsito que duró tres horas. Habría otros, uno por noche, a lo largo de dos años. James Rado (pelo cano, peinado a lo Juana de Arco) y Jerome Ragny (bucles que caen de la nuca en cascadas y nariz en forma de trompeta) despertaron famosos a la mañana siguiente.

Las tijeras al acecho

El éxito fue arrasador en las capitales europeas, pero a costa de incesantes disturbios. En Estocolmo, tres policías y media docena de detectives montaban guardia en el teatro todas las noches, para verificar si los reflectores apuntaban con demasiada franqueza hacia los cuerpos desnudos de los figurantes. En Berlín, hubo tres robos a mano armada, en el curso de una semana, para arrebatar las entradas de «Hair» a sendos representantes de agencias revendedoras. En México, la pelea fue más dura: el alcalde de la capital prohibió la obra antes de que se estrenara y rapó (en la cárcel) a los 17 actores. Una de las burlas más brillantes a las alarmas de la censura fue la de Groucho Marx. «¿Vio Hair?», le preguntaron en un programa de televisión. «No, señor», contestó. «La semana pasada me desnudé y me miré al espejo. Así ahorré 11 dólares».

Pero lo que más molestó a los espectadores de Nueva York y Chicago no fue el espectáculo de los adolescentes desnudos sobre el escenario sino el rito cotidiano de escupir sobre la bandera norteamericana. A esa altura de la representación, unas veinte personas suelen abandonar sus butacas invariablemente, entre amenazas. Las deserciones por los desnudos son más raras. En las encuestas que se hicieron a la salida del Biltmore Theatre, durante el quinto mes de representaciones, una notable mayoría del público declaró que la pieza «no le provocaba ninguna clase de excitación sexual».

Una de las escenas más ríspidas de «Hair» exhibe a dos amantes voluntarios en un simulacro erótico. Las pulsaciones, el ritmo y la respiración de la pareja son registrados (y amplificados) por una serie de aparatos electrónicos que rodean la sala, en semicírculo. El chiste alude al libro «La respuesta sexual» y suele provocar carcajadas de hasta tres minutos.

Según Rado y Ragny, «Hair» es uno de «esos dramas eternos, que narran el paso de la adolescencia a la madurez». Los protagonistas son dos parejas que viven en un paraíso incontaminado. Los varones, para afirmar su libertad, se dejan crecer la barba. De pronto, son sumergidos en el mundo y deben definirse ante los problemas concretos: la guerra, la segregación racial, el dinero. Las respuestas difieren siempre, según el humor de los actores: abdican, se suman al rebaño, o se disponen a luchar.

La suerte de «Hair» entre nosotros depende de quién consiga los derechos. Entre los empresarios en pugna hay advenedizos, aventureros o prudentes: Gallo, Petit y Romay se negaron a explicar, por de pronto, qué osadías cercenarán o añadirán a la obra. El cantante Billy Bond —dueño de la nueva «Cueva»— compite con Pascual Carcavallo, a quien Laurence Smith —representante de autores del área inglesa— le ha dado opción preferencial por la pieza. Bond se mueve con más ambición y menos experiencia que sus competidores, pero acaso también con más dinamismo. No sería improbable que en Buenos Aires se sustituyesen los imprescindibles desnudos por mallas color carne o por módicos taparrabos. Mientras tanto, «Hair» ha conquistado ya su primer laurel en la Argentina: es, antes de nacer, el espectáculo más caro que haya montado jamás nuestro teatro.

 

 

 

 

 

 

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TESTIMONIO
Eduardo Lerchundi

Julio, 2018

 

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