Kado Kostzer

EDUARDO LERCHUNDI, VISTIENDO PERSONAJES

por Kado Kostzer

Diego Kehrig, quien apasionadamente encara necesarios proyectos que tienen que ver con el rescate y la conservación de nuestro patrimonio cultural me pide que escriba unas palabras sobre Eduardo Lerchundi. Aprovecho tan generosa invitación para reflexionar sobre el trabajo de los figurinistas, vestuaristas, o como se quiera denominar, a tan importante, y muchas veces menospreciado, rubro en un hecho teatral o cinematográfico.

Hay actores y actrices que ponen todo su énfasis en la ropa que deberán usar en sus roles de ficción. Muchos hacen aportes interesantes, los más se basan en falsos conocimientos de sus cuerpos y sus gustos personales hacen cortocircuito con la concepción artística del director, sin tener en cuenta que los bocetos no obedecen a caprichos de un diseñador, sino a una característica del personaje y a una visión general de entornos sociales y épocas a recrear. También los hay convencidos de que el trabajo de un vestuarista es algo que está de más, incluso que es ¡el árbol que oculta el bosque de su talento!

Supe de renombradas actrices que se negaron a usar corsés en obras o films que se desarrollaban en los siglos XVIII o XIX, no entendiendo que esa prisión femenina imponía una rigidez definitoria de todo un comportamiento, tanto físico como mental, en las mujeres de esas épocas. También supe de actores que odiaban sus vestuarios, aunque no les quedaba más remedio que usarlos y de otros que los mutilaban o alteraban según sus caprichos.

Por el contrario existían, y existen, profesionales que saben que la ropa completa una concepción actoral, refuerza una psicología, redondea un carácter… No es novedosa, sino ya legendaria, la anécdota que tiene como protagonista a Pedro López Lagar: actores del teatro independiente porteño querían saber cuáles eran sus “motivaciones” para la creación del personaje de Eddie Carbone en Panorama desde el puente. Ante la atónita mirada de los jóvenes -en esos años cincuenta fascinados por “el método”-, el experimentado actor español se limitó a responder: “¿Motivaciones? Me pongo la gorra y salgo a escena”. ¡La gorra! Parecería una banalidad. Para él un simple accesorio del vestuario rubricaba e impulsaba al personaje para provocar una verdad escénica.

En cines de barrio, con programas de tres viejos films argentinos en días de “damas y niños”, desde mi infancia conocía el nombre de Eduardo Lerchundi. En abigarrados títulos que pasaban rápidamente ante nuestros ojos –los de mayores caracteres eran los de las estrellas y el director- vislumbraba el suyo. Mi incipiente criterio estético lo destacaba como un vestuarista elegante, refinado y riguroso, además de gozoso para las pupilas. Por sobre todo se notaba que vestía a los “personajes” que tomaban vida en los cuerpos -y a veces en las almas- de actores y actrices. Él sabía cuando excederse de volados en una falda, el efecto de una pluma de más, pronunciar o cerrar un escote, achicar un polizón, enmarcar un rostro con encajes, envolver en pieles o abandonar un par de guantes en un sofá.

Más tarde, ya como ávido espectador teatral, admiré sus diseños y descubrí la riqueza de su paleta que el cine en blanco y negro solo me hacía adivinar. Los trajes creados para las muy cuidadas producciones de Cecilio Madanes eran un atractivo más de las veladas al aire libre en el teatro Caminito de La Boca.

Después vinieron las incursiones de Lerchundi en el terreno lírico que también me cautivaron desde la platea. Mucho, mucho, mucho tiempo después tuve oportunidad de conocerlo personalmente. Fue en uno de esos encuentros míos de “Solamente una vez” que atesoro y me gusta relatar. Son ocasiones de alternar con figuras que en mi infancia o adolescencia me deleitaron con su arte, con su belleza o con su coraje frente a la vida. En esas ocasiones no nació una amistad, tampoco tuvieron continuidad y quizás para ninguno de los personajes ese momento, corto o largo, haya sido trascendente.

Llamé a Eduardo ante el pedido de un amigo mexicano que estaba escribiendo sobre María Félix y quería saber un poco sobre el paso de La Doña por los estudios cinematográficos argentinos. Pensé inmediatamente en Eduardo Lerchundi, el hombre que vistió a esa belleza internacional en La pasión desnuda.

En esa única vez juntos, que se prolongó por casi tres horas en un bar en la esquina de su casa, ese hombre bajito, nada atildado y de gran vivacidad, me contó que en cierta ocasión Luis Saslavsky quiso intervenir en un tema de vestuario. Eduardo lo frenó haciéndole saber que ese terreno “era responsabilidad del vestuarista y no del director”. También, un poco tentado de risa comentó que antes de su regreso a México, la Félix le encargó varias prendas para su guardarropa personal que la satisfacieron enormemente. En el momento “pornográfico”, ¡el pago! el tímido Lerchundi lanzó la cifra. “Usted es muy caro, pero yo le voy a pagar lo que me pide pues lo merece”, replicó la diva.

En su larga carrera que abarca cine, teatro, lírica, ballet y televisión, Eduardo Lerchundi, cual hábil torero, supo lidiar con todo tipo de temperamentos. Escapando al anecdotario, con nombres rutilantes y de los otros, los resultados artísticos fueron siempre satisfactorios y en muchos casos ¡memorables! tanto en la recreación de épocas, como en la moda de los cuarenta y cincuenta, décadas en las que brilló en el cine argentino. Riguroso aunque comprensivo, amable aunque firme, terrenal aunque etéreo, celoso pero de gran generosidad, admirativo y nada “cholulo”… supe advertir en el ya octogenario artista cualidades insólitas para un profesional entregado a tan particular métier.

Durante mi experiencia como productor de mis propios espectáculos tuve la oportunidad de tratar con cinco ¡cinco! peinadores que afirmaban haber sido elegidos para ocuparse del pelo de Marlene Dietrich en su breve visita a Buenos Aires. De ser ciertas cada una de las versiones, significaría que la pobre estuvo todo el tiempo con manos ajenas en su rubia melenita. En el medio farandulesco no es extraño atribuirse trabajos ajenos, sobre todo tratándose de figuras extranjeras que no los podrían desmentir. No es el caso de Eduardo Lerchundi. Al indagarlo sobre el fabuloso vestuario de La pasión desnuda, el diseñador me sorprendió con su revelación: “Todo es creación mía, salvo dos vestidos, que había traído la Félix”. Más de un colega suyo hubiese hecho propios a ambos modelazos de haute-couture salidos de los ateliers parisinos de Chez Balenciaga y Chez Dior, sin que nadie lo hubiese detectado y menos aún comprobado. La honestidad intelectual de Lerchundi me hizo respetarlo aún más.

 

Kado Kostzer, escritor y director

Nació en Tucumán en 1946, es hijo de un librero, ya desde niño fue un ávido lector y espectador.

En 1976 escribe los sketches y letras de canciones de la revista musical de Nacha Guevara. En 1982 estrena su primera obra dramática: Trío, dirigida por Alfredo Arias. Por esta pieza obtiene el premio Lugné-Poé otorgado de la Société des Auteurs de France. Es traducida y representada en más treinta países de Europa y América.

Su siguiente obra: Sortilèges, presentada en el Théâtre de París participa en 1985 en el Festival dei Due Mondi, en Spoleto.

Su pieza Famille d’artistes es dirigida por Alfredo Arias en el Centre Dramatique d’Aubervilliers en 1989, y al año siguiente en castellano, en el teatro Albéniz, dentro del Festival Internacional de Teatro de Madrid. Para este espectáculo escribe con Astor Piazzolla.

Debuta como director con su obra God save the Queen en el teatro Regina de Buenos Aires en 1987. Dos años más tarde vuelve a ponerla en escena, en francés, en el Centre Dramatique d’Aubervilliers con Marilú Marini como protagonista. En 1989 en España, escribe la revista musical ¡Taxi, al Rialto! protagonizada por Ferrán Rañé y Montse Guallar en el Centre Dramatic de Valencia.

Sus últimos libros son: ¿Hablaste de Mí? Viñetas para una biografía de Bertha Moss, La generación Di Tella y otras intoxicaciones y Antes del Di Tella publicados por Editorial Eudeba.